Lecciones del 18 de octubre

Las sociedades que han logrado mejorar la vida de sus habitantes lo hicieron tras décadas de crecimiento, acumulación de capital, innovación, productividad, fortalecimiento institucional y acuerdos duraderos. Son procesos menos épicos y sin las soluciones instantáneas que promete un estallido revolucionario, camino que sectores radicales de izquierda plantean para alcanzar el desarrollo.
Al contrario, las sociedades requieren compromiso de sus integrantes y las virtudes de prudencia, fortaleza, perseverancia y resiliencia para llegar a buen puerto. Nada más lejano a octubre de 2019.
Del octubrismo también se debe reflexionar sobre su manera simplista de comprender la historia: aquella que presenta los avances sociales como conquistas obtenidas fundamentalmente en la calle, mediante protestas pacíficas o violentas. Según este relato, detrás de cada derecho habría una manifestación que lo conquistó, como si entre la protesta y el progreso existiera una relación directa.
Si aceptamos que los cambios nacen exclusivamente de momentos de ruptura, resulta fácil mirar la destrucción que los acompaña como el precio inevitable, o incluso fecundo, de una transformación posterior. Adoptar como criterio moral que el fin justifica los medios arriesga relativizar la destrucción del metro, comercios, barrios y espacios públicos bajo la falsa idea de que del caos surgiría una sociedad mejor.
Destruir infraestructura, debilitar la convivencia y horadar la economía no son etapas necesarias del progreso, sino una antesala al retroceso del país. ¿En qué estamos mejor que antes de 2019? A juzgar por diversos indicadores, en nada, y pareciera que estamos peor que hace 7 años.
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