Catherine Millet, escritora y crítica francesa: “La censura de la opinión pública es mucho más poderosa que la censura estatal”

A los 20 años se confundía con los manifestantes en las calles de París. Era Mayo del 68. Catherine Millet vivía con Daniel Templon, un joven que se aventuraba como galerista, en una pequeña habitación en Saint-Germain-des-Prés. No eran estudiantes, pero compartían algo esencial con ellos: la juventud y la energía. “Nos mezclábamos espontáneamente con los manifestantes sin preocuparnos de nuestra legitimidad entre ellos. Teníamos la misma edad, vivíamos sin un céntimo en un ático”, recuerda.
Más de medio siglo después, las calles de Francia volvieron a llenarse de estudiantes y manifestaciones. Las imágenes de jóvenes enfrentados con la policía llevaron a algunos observadores a comparar la ola de protestas con Mayo del 68. Pero Catherine Millet rechaza el paralelo.
-¡Nada que ver! -dice.
No es la única diferencia que observa entre aquella época y el presente. Para la escritora francesa, el mundo que conoció en su juventud era, en muchos sentidos, más tolerante que el actual. Catherine Millet reconstruye aquel mundo en Comienzos, el libro autobiográfico que acaba de publicar en Chile Ediciones UDP.
Comienzos es el relato de formación de una adolescente rebelde que un día deja la casa de sus padres, en Bois-Colombes, a las afueras de París, y se va a vivir con su novio en la céntrica y elegante rue Bonaparte. Allí, en un sótano en desuso, él instala una modesta galería de arte, en un momento de gran agitación cultural, cuando estaba tomando forma lo que hoy llamamos arte contemporáneo.

Novela de iniciación, Comienzos es también la historia de su educación sentimental y sexual. Simultáneamente con el arte y la escritura, Catherine Millet descubre el amor, el erotismo y una libertad que parecía extenderse a todas las esferas de la vida. Junto a Daniel Templon recorre Europa en una Renault 4L para visitar exposiciones y museos.
“Aprendí en contacto con ellos lo que no había aprendido en las aulas universitarias”, dice. De este modo, en 1968 comienza a escribir de arte en Les lettres françaises, un semanario dirigido por el poeta Louis Aragon.
Nacida en 1948, Catherine Millet es hoy una de las figuras centrales de la crítica de arte francesa. En 1972 fundó Art Press, revista que dirige desde entonces, y alcanzó notoriedad internacional con La vida sexual de Catherine M. (2001), su autobiografía íntima: unas memorias escritas con audacia y elegancia.
Autora también de Amar a Lawrence, un ensayo sobre el autor de El amante de Lady Chatterley, en 2018 firmó una carta, junto a un centenar de artistas e intelectuales francesas, cuestionando los excesos del movimiento #MeToo: “Nuestra crítica se refería principalmente, y justamente, a este encierro de la mujer en el papel de víctima, como si una mujer no pudiera defenderse sola, espontáneamente, de un hombre rudo o acosador”.
Los artistas conceptuales querían interrogar el concepto de arte, su definición, comprender el mecanismo de percepción de las obras... Aprendí en contacto con ellos lo que no había aprendido en las aulas universitarias.
Esa misma actitud abierta y desprejuiciada recorre Comienzos. En sus páginas, Millet cuenta que “acepté las cosas como venían, y las acepté en una galería de arte del mismo modo que… las había aceptado en Sathonay, cerca de Lyon, para mi primera orgía. Mis conocimientos artísticos eran tan escasos que no tenía ni idea de lo que era una obra de arte moderna, del mismo modo que no tenía ninguna idea preconcebida sobre lo que era apropiado o inapropiado hacer con los hombres”.
Comienzos puede leerse, a la vez, como una autobiografía y como una aproximación a la historia del arte contemporáneo narrada por alguien que estuvo muy cerca de algunos de sus protagonistas. ¿Desde el principio quiso entrelazar su historia personal y la historia del arte?
Ese era, en efecto, el proyecto inicial: contar, si no comprender, cómo se forma un joven adulto en contacto con la sociedad que lo acoge. Ocurrió que entré en la vida profesional en el momento en que nació lo que hoy llamamos arte contemporáneo. A esto se añaden dos cosas: cuanto más escribo sobre mí misma, más tengo la sensación de escribir sobre mi entorno, sobre cierto medio social -aquel en el que me desenvolví-, sobre una época. Incluso leí recientemente una crítica de mi último libro publicado en Francia cuyo autor decía que, de un relato a otro, daba gusto reencontrarse con los mismos personajes. Pero mis personajes existieron realmente; lo que cuento sobre ellos pertenece a la microhistoria, y creo en el valor de los testimonios de primera mano para los historiadores que trabajarán en el futuro.
Usted descubrió el mundo del arte de manera autodidacta, sin formación académica, y muy pronto se interesó por el arte conceptual, considerado una de las formas menos accesibles del arte contemporáneo. ¿Qué encontró allí?
En primer lugar, no soy del tipo de persona que queda fascinada. Incluso, me parece que eso sería contrario al oficio de crítico, que debe adoptar un mínimo de distancia para observar y juzgar. Dicho esto, explico en el libro por qué me interesé por el arte conceptual. Los artistas conceptuales querían interrogar el concepto de arte, su definición, comprender el mecanismo de percepción de las obras... Se consideraban un poco filósofos del arte y, por eso, fueron para mí pedagogos. Aprendí en contacto con ellos lo que no había aprendido en las aulas universitarias.
¿Cómo aprendió entonces a mirar el arte? ¿Cómo se formó como crítica?
¡Sobre la marcha! Vivía entonces con un joven marchante de arte, Daniel Templon, que hoy posee una de las principales galerías francesas. Tenía una Renault 4L. Recorrimos Europa para no perdernos ninguna exposición que nos pareciera importante y para recorrer los museos de arte moderno y antiguo. Y cuando tenía que escribir sobre un artista, aunque fuera para unas pocas líneas de una reseña, ¡leía todo lo que podía encontrar sobre él!
En el libro cuenta que vivía con el deseo permanente de estar en la vanguardia. ¿De dónde provenía ese deseo? ¿Era una búsqueda estética, una necesidad de romper con el pasado o también una forma de vivir?
Creo que se puede atribuir a dos causas. La primera es, sin duda, mi curiosidad natural; la segunda, que como no tenía ningún bagaje académico, no tenía gran cosa que enseñarles a los aficionados que me leían, pero, en cambio, sí tenía mucho que enseñarles sobre formas de arte que todavía no conocían.
De algún modo, ese aprendizaje de la mirada terminaría modelando también su escritura. Cuando Millet preparaba La vida sexual de Catherine M., el libro que la convirtió en una autora de renombre internacional, se preguntaba cómo debía contar su propia intimidad.

Usted ha escrito tanto sobre el arte como sobre su propia intimidad, y lo ha hecho con una mirada que parece evitar deliberadamente el sentimentalismo. ¿Existe una relación entre la distancia con que observa una obra y la manera en que observa su propia vida?
Cuando apareció La vida sexual de Catherine M. conté muchas veces esta historia. Antes de emprender la escritura del libro estaba muy preocupada por cómo iba a hacerlo. Imaginaba que tal vez tenía que encontrar un estilo “literario”. Era una tontería. Jacques Henric, mi marido, que es escritor, fue quien disipó mis escrúpulos. Me dijo: “¡Pero escribe como siempre has escrito sobre arte!”. Y encontré mi estilo. Escribo como veo las cosas.
La libertad
En su libro describe un ambiente caracterizado por una gran libertad sexual, paralela a la experimentación artística. ¿Cómo se relacionaban esas dos experiencias?
En gran medida fueron las mismas personas con las que compartí la vida profesional y la vida sexual. El después del 68 fue un momento de gran libertad sexual, creo que en diferentes capas de la sociedad. El medio artístico, en general, conoce aún menos restricciones que otros ambientes. Es un medio más bien tolerante, donde, por definición, se supone que cada uno debe forjar sus propios valores, su propia moral y respetar los de los demás.
Con los años, observa Millet, ese mundo cambió. El arte contemporáneo conquistó un público mucho más amplio, creció económicamente y dejó de ser el territorio relativamente reducido que ella había conocido durante su juventud.
Si me pregunta qué es lo que echo de menos de la época evocada en Comienzos, diría que entonces había una mayor tolerancia y, por lo tanto, una mayor libertad para cada persona.
¿Qué consecuencias tuvo esa transformación?
Ese medio, bajo el efecto del éxito del arte contemporáneo ante un público más numeroso y, sobre todo, bajo el efecto de su dinámica económica, se amplió considerablemente. Y ocurre que uno encuentra allí personas que no siempre están dispuestas a forjar sus propios valores, a emanciparse de las corrientes dominantes estéticas, morales y políticas que transmiten tanto los medios tradicionales como las redes sociales. Eso crea obstáculos a la libertad de expresión y a la creación. Creo que no soy la única que constata que en las sociedades occidentales las demandas de censura ya no proceden del Estado, sino de una parte de la sociedad civil.
Durante mucho tiempo las vanguardias parecían sucederse y cada generación aspiraba a superar a la anterior. ¿Todavía tiene sentido hablar de vanguardia? ¿Conserva la transgresión la fuerza que tuvo entonces?
Creo que, en el ámbito artístico, la transgresión nunca tuvo como finalidad principal cuestionar el orden establecido. Nunca se trató realmente de ser vanguardista por “ser vanguardista”, sino más bien, para el creador, artista o escritor, de llegar hasta el final de su deseo en la expresión de su imaginario. Ahora bien, la censura ejercida por una parte de la opinión pública es mucho más poderosa que la censura estatal. Se podían encontrar medios para engañar o eludir las censuras del Estado; es mucho más difícil luchar contra las mareas mediáticas actuales.
Agrega:
-Si me pregunta qué es lo que echo de menos de la época evocada en Comienzos, diría que entonces había una mayor tolerancia y, por lo tanto, una mayor libertad para cada persona.

Usted describe un mundo artístico en el que el mercado no ocupaba un lugar tan omnipresente como hoy. ¿Cómo han evolucionado las relaciones entre los artistas, los críticos, las instituciones y el dinero?
Desde hace mucho tiempo pienso que no existe un mercado del arte, sino varios mercados del arte, que se comunican entre sí en mayor o menor medida. Por supuesto, está el mercado especulativo, donde los precios alcanzados por algunos artistas estrella acaparan los titulares de los periódicos.
Pero hay otros mercados, en los que circulan las obras de otros artistas, menos de moda, o autores de una obra más difícil de comprender, o simplemente más jóvenes.
Siempre habrá personalidades a las que les costará integrarse en uno u otro sistema, pero, en términos generales, un artista, en nuestra sociedad, puede encontrar a su público, a sus coleccionistas y los medios para trabajar.
Rebeldías
En las últimas semanas, cientos de miles de personas participaron en la ola de manifestaciones en Francia. ¿Se puede establecer algún paralelo entre las protestas actuales y Mayo del 68?
¡Nada que ver! En primer lugar, mi generación se benefició de una educación bastante buena, y cuando faltaba un profesor, era reemplazado. Leí en un artículo que recientemente los alumnos de un colegio estuvieron seis meses sin profesor de literatura. Después, en los años 60, al terminar sus estudios la gente entraba en una sociedad de pleno empleo. De modo que las reivindicaciones eran más bien de orden social, incluso ético, y fundamentalmente político.
Para Millet existe, además, otra diferencia decisiva: la cultura política de quienes encabezaron las movilizaciones de 1968.
-Los jóvenes líderes tenían una verdadera cultura política, algo que, me parece, le falta mucho a la generación actual. Ello los ayudaba a estructurar su movimiento y explica los intentos de acercamiento, entonces, al mundo obrero, que a su vez estaba estructurado por sindicatos todavía poderosos. Todo eso ha desaparecido. Había también una dimensión festiva que hoy comprendemos que ya no puede expresarse con tanta despreocupación.
Y luego, dice, estaba el poder contra el que se rebelaban.
-Hay que recordar que la generación del 68 se enfrentaba a la figura del general De Gaulle, héroe de la Segunda Guerra Mundial, no a la de un “buen alumno”, Emmanuel Macron, que soñaba con jugar a ser Presidente de la República, que solo ha conseguido arruinar su país, dejando prosperar a un movimiento de extrema izquierda, La France Insoumise (LFI), cuyo objetivo es el caos y uno de cuyos motores es el antisemitismo, y que además ha avasallado a toda la izquierda.
Para Millet aún hay algo más que distancia a los manifestantes del 68 de los actuales:
-Lo que encuentro terrible, trágico, es que los estudiantes del 68 se rebelaban contra la “sociedad de consumo”, mientras que los saqueadores de hoy, manipulados por LFI, rompen escaparates para apoderarse de frascos de perfume y zapatillas de marca.
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