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Sunday, November 8, 2026

Un giro de la tierra

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El Partido Republicano sufrió el martes una derrota de proporciones históricas, la más severa en medio siglo. El responsable es el Presidente Donald Trump, aunque después del desastre dijera que todo habría sido distinto si su nombre hubiese estado en las papeletas. Lo cierto es que en los días previos a las elecciones el presidente emprendió una blitzkrieg por 30 estados pidiendo a los votantes que hicieran “como si” él estuviese en la papeleta.

La magnitud operática de la catástrofe ha sido inesperada para gran parte del mundo, que hasta cierto punto parecía resignado a que la extravagancia, el narcisismo y la “depresión moral y espiritual” se hubiesen asentado en el sillón más poderoso de estos tiempos. Ese rumbo de exceso ha sido abruptamente detenido; parece probable que ahora se inicie “un giro de la tierra”, quizás no para devolver las cosas a donde estaban, sino para situarlas en algún punto diferente de lo que Trump pretendía.

Y así el trumpismo inicia su agónica marcha hacia el 2028. Al amanecer del miércoles comenzó la campaña para las presidenciales de ese año, y se puede apostar que el Partido Republicano buscará limitar los daños librándose de las gárgolas que en estos años han rodeado al presidente en posiciones protagónicas.

No habrá trumpismo sin Trump. La experiencia histórica dice que este tipo de artistas raramente pueden ser emulados y más raramente dejan herederos. El éxodo ya comenzó, aunque es seguro que Trump luchará durante los siguientes dos años para demostrar alguna de sus hipérboles, “el mejor presidente de la historia”, “el campeón de la paz mundial”, “el elegido imbatible”, toda esa cacharrería como de concurso de televisión.

¿Qué derrotó a Trump? ¿La inflación, la guerra, el ICE? No. Lo venció una cierta vergüenza del electorado, esa sensación de que demasiado es demasiado. No lo perdió un cambio estrictamente político, ni la izquierda, ni la cultura, ni los azules. Para propinarle la derrota del martes fue necesario que el Partido Demócrata reuniera a todos los descontentos y avergonzados, a los que creían presenciar la caída de los ángeles o el baile de los demonios. No por nada bajó el petróleo, subieron las bolsas, se alegró el mercado.

Veinticuatro horas después, las bolsas se volvieron a hundir, pero ya no por el destino de Trump, sino por el de los data centers. En 13 estados donde se plebiscitó la autorización para estas instalaciones triunfó el voto de rechazo o ganaron partidarios de moratorias inmediatas. Las grandes tecnológicas -las “magníficas siete”- también perdieron las elecciones: contagio de Trump. Varias confiaban en que Trump les ayudaría a presionar a los territorios -en Estados Unidos y en los países amigos- para aceptar sus enormes hangares zumbantes sin tanta queja.

¿Quién deseará hoy esa foto en la Casa Blanca donde una veintena de CEOs posan con el presidente? Es verdad que las tecnológicas se han endeudado hasta las canillas con cargo a sus data centers, y que el retraso de esas inversiones podría suscitar una recesión global. Sería la primera recesión asociada a la foto de una cena.

La lista de despropósitos y agravios del primer bienio de Trump es tan larga, que muchos demócratas ya se han sentido tentados por algo más parecido a la venganza. Hasta la muy ponderada Anne Applebaum pone en su nómina el procesamiento de Trump y de su familia. Pero al presidente le quedan dos años de mandato y los vencedores aún tienen que concordar sus prioridades. Trump ha sido derrotado, pero aún no es un espectro.

Se ha dicho que, maniatado en la política interna por la nueva composición adversa del Congreso, Trump aumentará su actividad exterior. Pero esto no parece tan sencillo. Más o menos en junio pasado, las intervenciones militares se estancaron: en Irán, Gaza, Ucrania, Venezuela, Cuba. Ningún cambio visible en esos casos vino en su ayuda en las elecciones. El vacío informativo se ha llenado con problemas de logística y estimaciones de pérdidas.

Trump sigue siendo el presidente más poderoso del mundo, pero lo es mucho menos que el lunes pasado. Incluso su atrabiliaria política de aranceles ha quedado debilitada, luego de que los votos rugieran contra la inflación, provocada también por el aumento de los precios de las importaciones. Nadie que esté negociando tarifas debería apurarse. Podría ser que la arquitectura conceptual de la política de Trump comience a desplomarse, más o menos como se está desintegrando su política militar.

Es una rara paradoja que sea la teocracia iraní la que ha desenmascarado la falta de visión de Trump. Ahora es claro que dilapidó totalmente la energía del primer ataque y creó la oportunidad para que desde las ruinas se levantara la Guardia Revolucionaria, un enemigo tan fenomenal como lo sería cualquiera amenazado de exterminio. Irán ha jugado con el petróleo abriendo y cerrando Ormuz y esta semana fue el factor número uno de la derrota republicana.

No todo está dicho. El mundo ha dado un frenazo. Pero no hace falta sacar conclusiones majestuosas (a veces los periodistas hacemos eso). No es preciso acudir a una metafísica de la historia. La política es algo más modesto y material. Esa es la clave de su fuerza.

Estados Unidos tendrá que ver qué pasó en estos dos años, de qué parte de sus productos surgieron estos espectros y qué hace para conjurarlos. En otras latitudes y momentos liberarse de ellos ha costado millones de vidas. Es un privilegio que pueda hacerlo el voto.

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